Me
giré al escuchar sus pasos. Sonreí, recordando el día que le dije
que su andar tenía una cadencia definida, distinta del resto. Justo
antes de girarme pensaba en qué llevaría hoy. Quizá el vestido
rojo que tanto resaltaba su figura y, en ese caso, se habría puesto
el pañuelo que le había regalado en nuestro aniversario, unos meses
antes. Me gustaba imaginarlo porque, cuando abría los ojos y
descubría que había acertado en mi predicción, era como si la
conociera aún más, aún mejor. Pero también me gustaba
equivocarme, porque me hacía pensar que aún teníamos la capacidad
para sorprendernos después de todos los años que llevábamos
juntos. Eso es lo bonito en una pareja: conocerse sin ser capaz de
predecir al otro por completo…
Cada
vez se hacían más duras las visitas, cada vez había más
sorpresas. Supongo que es lo habitual cuando la enfermedad ataca tu
cerebro y empiezas a perderte a ti mismo dentro de tu propio cuerpo.
Sus
tacones resonaban en el pasillo. Cada vez más cerca, cada vez más
lentos, casi con timidez, indecisos… Supe que algo no iba bien. No
era su patrón habitual. Normalmente se hubiera acelerado al
acercarse, y hubiera oído la sonrisa formándose en su cara, como
una niña que corre al encuentro de sus amigas.
No
obstante, su rostro seguía siendo el de siempre. Quizá algo más
seria de lo normal, pero no hallé en él nada que me diera una pista
sobre lo que le ocurría. Entonces pronunció mi nombre, casi como un
susurro, como si fuera un secreto que nadie más debía oír. Con ese
acento extranjero que hacía que cualquier cosa que dijera pareciera
más exótica, más emocionante y que ahora, en los últimos años de
nuestra vida, parecía haberse hecho más fuerte. Estaba triste,
ahora lo sentía. Estaba claro. Y pálida, por debajo de la fina capa
de maquillaje que siempre se echaba.
Incluso
su olor había cambiado. No conseguí distinguir siquiera un rastro
de su perfume habitual. Otra señal de que algo pasaba, ya que
siempre llevaba un frasquito en el bolso. Por cierto… ¿dónde
estaba su bolso? Siempre lo llevaba consigo, aunque sólo fuéramos a
dar una vuelta por el jardín, o a sentarnos en el comedor. ¿Y por
qué se detenía ahora, cuando estaba tan cerca?
Sentí
sus pupilas dilatarse con sorpresa, casi con miedo.
“Así
que es verdad…”
Dio un
par de pasos más y me alargó la mano. Su mano, suave a pesar de la
edad, con las uñas perfectas, como siempre. Recordé todas las veces
que me había reído del cuidado que les prestaba a sus manos.
“¿Qué
te has hecho?” Había un cierto tono de reproche en la pregunta,
mezclado con preocupación. No sabía de qué hablaba. Me sentía
perdido en aquel momento. Solía pasar, en el momento en que ella
aparecía. Era como si su mera presencia transformara todo mi
entorno, como si arrojara una luz que me impidiera ver todo lo demás.
Metió
la mano libre en el bolsillo y sacó un espejito. Lentamente, lo
abrió y me lo ofreció. Fue como si en ese momento aquel espejo
entrañara un gran secreto que yo quería descubrir pero del que
tenía miedo. Nunca la había visto mirarme así, casi con pena.
Sujetando el espejo con las dos manos, lo elevé hacia mi rostro. No
lo entendía. No era un secreto, era un puzzle. Y no quería
resolverlo. Cerré los ojos, incapaz de seguir mirando.
