jueves, julio 12, 2007

No va bien

Hoy revelé unas fotos cuyo origen desconocía. La cámara llevaba tiempo en la estantería,
acumulando polvo, hasta que ayer decidí terminar el carrete y llevarla a la primera fotografía que encontré.

Fue un carrete que empezó con alguien hace dos años, y acabó con otro alguien distinto. El primero, formó parte de mi vida, una parte importante, y al ver estas fotos recuerdo que cuando todo iba tan mal, fue una semana en la que llegué a pensar que era feliz con él. Hoy, sin embargo, veo las fotos y me pregunto cómo pude creer que le quería, me pregunto si me engañé a mí misma porque quería ser feliz o si realmente lo fui. Porque ahora me parece imposible que de verdad ocurriera. Fotos y más fotos que retratan un par de días de mi vida. Y después de verlas he guardado todas menos cuatro, las únicas en las que salgo yo sola. Porque quizá fue así como debería haber sido.

Y ahora las comparo con las fotos que hice ayer. Destilo felicidad, pero de nuevo me asaltan las dudas, porque al anochecer esa felicidad se esfuma y me veo como soy. Creo que me engaño al querer ver las cosas de una forma que no son, y me siento una farsante.

Me levanto y me pregunto si, de nuevo, será autoengaño o de verdad las cosas están bien como son ahora. No sé siquiera si son así, así que mucho menos puedo preguntarme cómo quiero que sean. Y no tengo respuesta para ese "¿todo va bien?" que tus labios susurran cuando me ves dudar. Supongo que eso es un "no", será que no va bien...

lunes, julio 09, 2007

Había vuelto el miedo

Despertó empapada en sudor, con la única compañía de la lámpara encendida sobre la mesa. Una de esas lámparas infantiles que giran y proyectan delfines sobre las paredes. Había vuelto el miedo.
Apagó la lámpara y se tapó con el grueso edredón que aún no se había quitado a pesar de estar en julio. Llevaba toda la noche con él por encima, por eso sudaba tanto. Había vuelto el miedo.
Los pasos que resonaban en su cabeza sólo eran eso: pasos en su cabeza, que no existían en la realidad. Pero no se lo creía. SABÍA que había alguien allí, acercándose a su habitación. Había vuelto el miedo.
Había vuelto el miedo que tanto le había costado superar. El miedo a la oscuridad que desde pequeña había atenazado su garganta tras ver Aladdin el día que cumplió siete años. Aquel había sido su regalo: el miedo. Vivía entonces en una casa con escaleras, y pasaba las noches en vela oyendo el crujido de las mismas, tapada hasta más arriba de la cabeza, escondiéndose de su destino.
Un día, por algún motivo, se dio cuenta de que ya no se tapaba, de que si tenía calor dormía semidesnuda encima de la cama, sin temer a nadie. Y supo que el miedo había acabado. Pero esta noche, sin embargo, hacía un calor insoportable que no había combatido, sino que había vuelto a oír los pasos y se había tapado. No había gritado al hombre de su cabeza que se fuera, sino que se había limitado a cubrirse y esperar, como siempre, como cuando era pequeña, a que aquel hombre hiciera lo que quisiera hacer.
El hombre nunca apareció, sólo sus pasos, unos pasos que ella era capaz de reconocer en cualquier espacio, por concurrido que estuviera. Y que eran los mismos que la hacían huir cuando volvía sola después de un día de fiesta a las tantas de la mañana.
Y ahora sólo puede desear que ese hombre se esfume, que la deje en paz, pero esta vez para siempre.

domingo, julio 08, 2007

Cuento para el gatito



Aquella noche, como de costumbre, el gatito se subió al tejado esperando que la estrella le contara su cuento. Ella lo cogió para depositarlo en el hueco que la Luna ya le había preparado y empezó a mecerlo a la par que comenzaba su historia:

Hace muchos años…

Pero el gatito no quería oír las historias de siempre.

“¿Las estrellas han estado aquí siempre?”

“No,” contestó la estrella. “Algunas llevan millones de años en el cielo, mientras que otras empezaron a brillar hace tan sólo unas semanas.”

El gato la escuchaba, extasiado. “¿Y tú? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?”

La estrella suspiró. Ya sabía qué cuento le tocaría contar aquella noche. El gato entrecerró los ojos y dejó que la Luna lo meciera suavemente al compás de la música que emanaba de las estrellas.

Cuentan que, hace muchos años, vivió una princesa turca que podía hablar con la Luna, y a ella le contaba cuentos del País de las Maravillas, de princesas rescatadas por príncipes azules de las fauces de temibles dragones, de búsquedas de tesoros en las que lo más importante al final no era el oro que se conseguía, sino las amistades que se hacían por el camino. La Luna se deleitaba con estas hazañas, con los relatos que la princesa le contaba y, un día, le pidió que le hablara de sí misma, de sus deseos y sus miedos, sus esperanzas… y, más importante aún, le preguntó cuál era para ella el concepto de felicidad.

La princesa, perpleja, guardó silencio un instante mientras reflexionaba. ‘Felicidad,’ dijo finalmente, ‘es poder soñar libremente; es verte, Luna, y contarte un cuento cada noche; es pensar que, algún día, cuando ya no esté en este mundo, alguien me echará de menos por algo que hice, que las historias que invento para ti las oyen también las estrellas, que parece que son más desde el día que empecé a hablarte y que están ahí sólo para que los cuentos tengan sentido; pensar que las formas de las constelaciones cambian y compiten entre sí para ver cuál de ellas reproduce mejor la escena del caballero luchando contra el dragón, la de la doncella que huye de su casa por amor… y todas las demás, como si participaran en una muda competición de ilustración de cuentos.’

La Luna escuchaba atentamente las palabras de la princesa, que le confesó que lo que más ansiaba era pasar una noche en el cielo, observando el mundo desde las alturas. Le contó que ese era el sueño que tenía, ahora que su corazón se encontraba vacío por un amor imposible: quería poder ver a su amado en todo momento, cuidar de él en la distancia ya que no podía hacerlo a su lado y recitarle los poemas que entonces un muro encerraba en su palacio sin permitir que llegaran hasta él.

Ya habían intentado huir juntos una noche que la Luna se tapó para facilitarles la maniobra, pero el caprichoso viento de última hora había empujado a la nube que la cubría y los pillaron.

Desde entonces, el joven había sido enviado muy lejos, más allá del País del Fin del Mundo, donde la princesa contaba que un demonio de cinco cabezas controlaba quién entraba y no dejaba salir a nadie, de manera que ni siquiera los guardias que habían llevado al muchacho hasta allá habían conseguido volver.

Había también una leyenda en la que la princesa depositaba todas sus esperanzas. Hablaba de una segunda puerta por la que podían salir todos aquellos cuyo amor fuera verdadero para pasar una última noche con aquel a quien amaban. Se decía que, al atravesarla, el tiempo se detenía en el reino hasta que volvía a salir el sol y, si en ese momento no había vuelto, el demonio le echaba una maldición que lo mataba al instante, dondequiera que estuviera, ya que al entrar allí se creaba un vínculo entre el demonio y la persona.

La Luna no podía ver el sufrimiento de la princesa, de modo que consintió en convertirla en estrella por una noche.

Fue aquella la más bella de todas las noches: el universo entero flotó en una nube musical que procedía de un pequeño punto que, al mirarlo, parecía un lunar de la propia Luna. Era una música lenta, triste, y las palabras de amor que fluían con ella y de ella sirvieron de inspiración a los corazones que las escucharon, que lloraron su dolor con la princesa.

Aquella noche, el mundo pareció en armonía. Todos corrieron a buscar sus amores de la juventud, pues aquel cántico celestial había despertado sentimientos de añoranza que se creían olvidados. Quienes no tenían nada se sintieron ricos, los que nadaban en la abundancia quisieron morir ante la posibilidad de no experimentar nunca un sentimiento tan puro, cegados por la codicia que siempre los había poseído.

Y la princesa pasó la noche más feliz de todas viendo a su amado y sabiendo que seguía vivo y que la puerta secundaria realmente existía.

Algunos días después consiguieron pasar juntos aquella última noche y, justo en el momento en que sus manos se tocaron, la Luna creó una constelación que recibió el nombre de Reencuentro, porque era eso lo que representaba. Las estrellas que la formaban se iban acercando día tras día, como el espíritu de los amantes ya desaparecidos de la faz de la tierra, hasta que se fundieron y sólo se pudo apreciar un punto que se encontraba donde inicialmente surgió el corazón de la princesa.

La cantidad de energía acumulada era tan grande, que aquel cúmulo de estrellas acabó por estallar y desperdigarse por todo el universo, y sólo quedó una…

Mientras la estrella buscaba alguna forma elegante de acabar la historia diciendo que esa última estrella que había quedado era ella, se dio cuenta de que, como de costumbre, el gatito ya se había dormido.

Aquella noche, la Luna y ella se quedaron hablando hasta que despuntó el Sol y tuvieron que acostarse.

Ayer la vi...

...por primera vez desde aquella noche. Perfecta, radiante como siempre, ajena a todo lo que la rodea en su vida, inmersa en su burbuja. En ocasiones dejaba que alguien penetrara en esa burbuja, y era entonces cuando me daban ganas de acercarme y proponerle un intercambio. "Mi vida por la tuya," le hubiera dicho. Pero no quiero ser ella. No quiero ser alguien que traiciona a sus mejores amigas, una y otra vez, hasta que aprenden a ignorarla. No quiero ser tan falsa como ella, ni tan perfecta.
Prefiero vivir mi vida, triste quizá, pero mía. Prefiero seguir siendo aquella con la que siempre se puede contar, la que se disculpa cuando debe hacerlo en vez de huir con la cabeza gacha como si no te hubiera visto.
Seré orgullosa, sí, pero nunca haría lo que tú hiciste. No me pondría a bailar a tu lado como si nada hubiera pasado y fingiendo que eres transparente, como hiciste anoche.
Lo peor es que le estuve dando vueltas a tu figura, pensando qué hacer contigo, pensando qué haría si, por casualidad, se te ocurría acercarte a saludar. No sabía si mandarte a la mierda directamente o limitarme a pasar de ti. "Adiós," es la palabra mágica, me dijeron.
Es que no entiendo cómo puedes tener tanta cara como para acercarte a saludar a mis amigas, como hiciste ayer. Dar dos perfectos besos con tus perfectos labios de víbora y fingir una perfecta alegría y felicidad. Pasar después a nuestro lado y no despedirte DE ELLOS (prefiero que no te acerques a mí).
Quizá habría sido distinto si desde el principio hubieras dado la cara, en vez de esconderte tras un "Hasta luego, chicas" y salir corriendo, con el cigarro perenne contaminando tus perfectos pulmones.

Carta 6



Querido Infierno:

Esta es nuestra historia: tuya y mía, y me pregunto si no deberíamos compartirla los dos. Mi parte no es demasiado larga, aunque siempre se pueden adornar los hechos de modo que se extienda la longitud del relato. Me pregunto qué escribirías tú si te pidiesen que contaras tu historia. ¿Hablarías de las almas atormentadas que vagan por tu interior? ¿De la desesperación que te alimenta cada mañana? ¿Del modo en que te gusta torturar a los más débiles? ¿O quizá de las almas que perdiste, de aquellas que deseabas pero nunca llegaste a tener?
Te escribo y nunca recibo respuesta. Supongo que nunca contarás nada, que guardas tus pecados bajo llave, allí donde nadie pueda jamás alcanzarlos.Pecados de aquellos que se entregaron a ti haciéndote fuerte, pecados que día tras día has engullido a lo largo de la eternidad, en tu insaciable apetito.
Y me pregunto qué ocurriría si algún día salieran a la luz...

jueves, julio 05, 2007

La mariposa...

...siempre quiso que el gatito fuera feliz. Por eso lo ayudó a entrar y salir del jardín vallado, para que nunca volviera a sentirse preso, como cuando la luz de la Luna hacía que las rejas de la valla se reflejaran en su cara.

Ese fue el regalo que el hada voladora quiso hacerle: que sintiera su propia libertad, que siempre había existido, aunque él no se hubiera dado cuenta.

Aunque tuvo poco tiempo para ello, puso todo su empeño en que el pequeño superara su miedo y saliera a conocer el exterior, y, cuando tuvo que dejarlo, lo hizo sin despedirse, pensando que aquella era la mejor manera.

Más tarde, sin que él tuviera la menor sospecha, lo vigiló desde el cielo, transmitiéndole toda la fuerza que necesitaba en los malos momentos y alegrándose con él en los buenos. Nunca lo abandonó, tal como se había prometido a sí misma.

El gato, al ver que había desaparecido, creyó que la mariposa que había sido su amiga lo había abandonado. Y aunque siempre notó que alguien velaba por él, que alguna fuerza desconocida controlaba que todos sus pasos fueran firmes, nunca supo que se trataba de la pequeña mariposa, que lo quiso hasta más allá del fin de sus días.