Todavía no sé por qué volví. Había algo en aquella habitación que me llamaba insistentemente, de modo que finalmente la curiosidad me pudo y así el picaporte con mi mano derecha.
Aquella puerta despertaba en mí sentimientos contradictorios, pero de igual magnitud: por un lado, tenía la imperiosa necesidad de abrirla y ver el interior de la habitación; por otro, un impulso desconocido me exhortaba a salir de allí corriendo, a sacar la llave que ya había introducido en la cerradura y tirarla para no poder volver jamás.
Era una habitación extraña, con vida propia como ya había tenido ocasión de comprobar en visitas anteriores, y siempre me había parecido un lugar “especial”. Las paredes, de color rojo sangre, parecían contraerse y dilatarse rítmicamente, siempre al compás de mi respiración. Era un sitio sobrecogedor, o al menos ese era el recuerdo de mi última visita, cuando ella me había plantado definitivamente.
Había intentado entonces entrar, pero la puerta, al abrirse, no me mostró el consuelo que necesitaba, sino tan sólo dolor: mi corazón lloraba y ríos de agua caían desde el techo por las paredes, destiñéndolas y dando la macabra impresión de que torrentes de sangre inundaban la entonces angosta habitación.
Las ventanas estaban cerradas y el lugar olía a humedad. En la pared opuesta a mí, un espejo enorme me había devuelto mi propia imagen deformada, aumentando mi cabeza de forma grotesca y mostrándome la cara de una bestia, de un ser amenazador y de mirada penetrante que parecía querer salir del espejo y correr hacia mí. Tragué saliva, paralizado por el miedo y sin poder apartar los ojos de aquella escena. Deseé que aquel monstruo lograra escapar y devorarme. Caí de rodillas sobre el primer escalón y perdí el conocimiento hasta que alguien me recogió.
Aquello había ocurrido varios meses antes, y desde entonces no había vuelto a verla, pero la llave de la habitación, que había permanecido en mi bolsillo todo el tiempo, parecía haber cobrado vida propia y podía cambiar de forma y peso a capricho, haciéndose en ocasiones imposible de llevar. Asimismo, a veces, al tocarla, la había notado moverse en mi mano como si palpitara, igual que la propia habitación. Y esta era una de esas ocasiones: con el pasado a mi espalda, me sentía con fuerza suficiente para volver a aquel lugar que, a fin de cuentas, era parte de mí.
Por fin logré abrir la puerta. No quise mirar al espejo inmediatamente; preferí observar antes el resto de la habitación. Las paredes, que la última vez me habían parecido opresoras, parecían haberse aclarado ligeramente, o quizá fuera sólo un truco, un engaño producido por la luz que ahora entraba a raudales por una ventana abierta. El lugar estaba seco, y las sillas y sofás que la última vez alguien había retirado estaban colocados de nuevo en su sitio.
Bajé los dos escalones y entré respirando el aire puro. Ya en el centro de la habitación di una vuelta completa para tener una perspectiva de la misma. Y allí, en un rincón, seguía ella. La mujer a la que más había amado en toda mi vida permanecía acurrucada en una de las esquinas de la habitación como una niña, tratando de pasar inadvertida.
—¿Por qué sigues aquí?
—Eso deberías saberlo tú —me contestó con su dulce voz.
—He vuelto… —y entonces lo comprendí— para que te vayas. Tienes la puerta abierta, sal ahora.
Sonrió.
—Sabía que lo comprenderías —dijo, levantándose y mostrando su cuerpo desnudo, el mismo que yo había deseado tantas veces con anterioridad.— ¿Sabes? Me preguntaba cuánto tardarías en volver. Al fin y al cabo, nunca tuvimos un beso de despedida…
—Así que se trataba de eso…
Se acercó a mí, moviendo provocativamente las caderas a medida que caminaba con los brazos extendidos.
Me gustaría poder decir que le negué aquel beso, pero no fui lo suficientemente fuerte. Después de todo, si ella seguía allí era porque no la había olvidado.
Rodeó mi cuello y apretó su cuerpo contra el mío, haciendo que notara su forma de mujer. Colocó mis manos en torno a su cintura y se acercó aún más a mi cara con la boca entreabierta, metiendo finalmente su lengua húmeda y cálida entre mis labios. Como tantas otras veces similares, me pareció estar en el cielo y respondí a sus insinuaciones con toda la fuerza que tenía acumulada.
Tenerla allí, de nuevo, entre mis brazos, me hizo volver a la realidad. Suavemente, la aparté. Estaba llorando.
—No me eches, por favor.
Y entonces comprendí que no era más que una farsa, una forma de mantenerme encadenado a ella.
—Esta vez lo haré. Tienes que irte, tu tiempo aquí se ha agotado.
No opuso resistencia. Se fue con la cabeza gacha, y entonces la habitación pareció llenarse aún más de luz.
Finalmente, me giré hacia el espejo y caminé en su dirección. Ahora sí me devolvió mi imagen y, por primera vez en mucho tiempo, estaba sonriendo.
Salí feliz de aquel lugar y esta vez no cerré la puerta; no quería seguir ocultando mis sentimientos al mundo, sino dejarlos allí, a la vista de todos, de modo que cualquiera pudiera verlos, visitar mi corazón y ver mi alma liberada por medio de aquel espejo.
26/III/2006
Aquella puerta despertaba en mí sentimientos contradictorios, pero de igual magnitud: por un lado, tenía la imperiosa necesidad de abrirla y ver el interior de la habitación; por otro, un impulso desconocido me exhortaba a salir de allí corriendo, a sacar la llave que ya había introducido en la cerradura y tirarla para no poder volver jamás.
Era una habitación extraña, con vida propia como ya había tenido ocasión de comprobar en visitas anteriores, y siempre me había parecido un lugar “especial”. Las paredes, de color rojo sangre, parecían contraerse y dilatarse rítmicamente, siempre al compás de mi respiración. Era un sitio sobrecogedor, o al menos ese era el recuerdo de mi última visita, cuando ella me había plantado definitivamente.
Había intentado entonces entrar, pero la puerta, al abrirse, no me mostró el consuelo que necesitaba, sino tan sólo dolor: mi corazón lloraba y ríos de agua caían desde el techo por las paredes, destiñéndolas y dando la macabra impresión de que torrentes de sangre inundaban la entonces angosta habitación.
Las ventanas estaban cerradas y el lugar olía a humedad. En la pared opuesta a mí, un espejo enorme me había devuelto mi propia imagen deformada, aumentando mi cabeza de forma grotesca y mostrándome la cara de una bestia, de un ser amenazador y de mirada penetrante que parecía querer salir del espejo y correr hacia mí. Tragué saliva, paralizado por el miedo y sin poder apartar los ojos de aquella escena. Deseé que aquel monstruo lograra escapar y devorarme. Caí de rodillas sobre el primer escalón y perdí el conocimiento hasta que alguien me recogió.
Aquello había ocurrido varios meses antes, y desde entonces no había vuelto a verla, pero la llave de la habitación, que había permanecido en mi bolsillo todo el tiempo, parecía haber cobrado vida propia y podía cambiar de forma y peso a capricho, haciéndose en ocasiones imposible de llevar. Asimismo, a veces, al tocarla, la había notado moverse en mi mano como si palpitara, igual que la propia habitación. Y esta era una de esas ocasiones: con el pasado a mi espalda, me sentía con fuerza suficiente para volver a aquel lugar que, a fin de cuentas, era parte de mí.
Por fin logré abrir la puerta. No quise mirar al espejo inmediatamente; preferí observar antes el resto de la habitación. Las paredes, que la última vez me habían parecido opresoras, parecían haberse aclarado ligeramente, o quizá fuera sólo un truco, un engaño producido por la luz que ahora entraba a raudales por una ventana abierta. El lugar estaba seco, y las sillas y sofás que la última vez alguien había retirado estaban colocados de nuevo en su sitio.
Bajé los dos escalones y entré respirando el aire puro. Ya en el centro de la habitación di una vuelta completa para tener una perspectiva de la misma. Y allí, en un rincón, seguía ella. La mujer a la que más había amado en toda mi vida permanecía acurrucada en una de las esquinas de la habitación como una niña, tratando de pasar inadvertida.
—¿Por qué sigues aquí?
—Eso deberías saberlo tú —me contestó con su dulce voz.
—He vuelto… —y entonces lo comprendí— para que te vayas. Tienes la puerta abierta, sal ahora.
Sonrió.
—Sabía que lo comprenderías —dijo, levantándose y mostrando su cuerpo desnudo, el mismo que yo había deseado tantas veces con anterioridad.— ¿Sabes? Me preguntaba cuánto tardarías en volver. Al fin y al cabo, nunca tuvimos un beso de despedida…
—Así que se trataba de eso…
Se acercó a mí, moviendo provocativamente las caderas a medida que caminaba con los brazos extendidos.
Me gustaría poder decir que le negué aquel beso, pero no fui lo suficientemente fuerte. Después de todo, si ella seguía allí era porque no la había olvidado.
Rodeó mi cuello y apretó su cuerpo contra el mío, haciendo que notara su forma de mujer. Colocó mis manos en torno a su cintura y se acercó aún más a mi cara con la boca entreabierta, metiendo finalmente su lengua húmeda y cálida entre mis labios. Como tantas otras veces similares, me pareció estar en el cielo y respondí a sus insinuaciones con toda la fuerza que tenía acumulada.
Tenerla allí, de nuevo, entre mis brazos, me hizo volver a la realidad. Suavemente, la aparté. Estaba llorando.
—No me eches, por favor.
Y entonces comprendí que no era más que una farsa, una forma de mantenerme encadenado a ella.
—Esta vez lo haré. Tienes que irte, tu tiempo aquí se ha agotado.
No opuso resistencia. Se fue con la cabeza gacha, y entonces la habitación pareció llenarse aún más de luz.
Finalmente, me giré hacia el espejo y caminé en su dirección. Ahora sí me devolvió mi imagen y, por primera vez en mucho tiempo, estaba sonriendo.
Salí feliz de aquel lugar y esta vez no cerré la puerta; no quería seguir ocultando mis sentimientos al mundo, sino dejarlos allí, a la vista de todos, de modo que cualquiera pudiera verlos, visitar mi corazón y ver mi alma liberada por medio de aquel espejo.
26/III/2006

2 maullidos:
Que sepas q sta vez t as superado.....me a encantado.
No creo q halla yegao a ntenderl dl todo xq m parec q solo tu con tus textos puedes acerlo,xo aun así es fantástico.
Sino te e scrito antes era xq staba sperando ste texto para decirte q es increible como scribes.No lo dejes nunca, aunq podrias ddicarte a ello y dejar los routers y transistores...jeje.No creo q sea una idea descabellada visto lo visto.xao bss
tan fea estabs en ese espejo????
Muchas gracias!! Me alegro de que os haya gustado ;) A mí también me gusta :P (extrañamente...)
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