Cuanto más lo pisaban, más luchaba por salir de allí, por mostrarle al mundo su verdadera fortaleza y, por fin, revelarse tal cual era, sin fingimientos ni un pasado vergonzoso que ocultar.
Era ahí, en ese deseo, donde residía su auténtico poder, su valor, aunque en aquel momento nadie le diera importancia: no era más que otro, un número sin identificación que nadie tenía en cuenta. De hecho, había muy pocos que se habían dado cuenta de su potencial y, orgullosa, he de decir que yo me encontraba entre ellos: era con nosotros con quienes se mostraba más cariñoso; éramos los únicos que podíamos verle tal cual era, "sin conservantes ni colorantes" como solíamos decir: éramos su familia. Pero, a la hora de la verdad, la única que conocía toda su historia, aquel pasado que aún le seguía atormentando en sueños, era Xana. Sólo tenía ojos para ella, aunque en ocasiones fueran ojos llenos de temor, de miedo a que hablara y le descubriera frente al resto. Literalmente, se hallaba en sus manos, a su merced; de ella dependían su salvación o su perdición. Así, si alguna vez tuvo una amiga, esa fue ella, aunque a la vez fuera su mayor enemiga. Los demás podíamos sentirnos felices con entrar en la categoría de "camaradas", "compañeros", "hermanos"... y un largo etcétera que no merece la pena recordar.
Xana y él hacían, hay que reconocerlo, una pareja encantadora. Se aferraban el uno al otro como si no hubiera nada ni nadie más en el mundo, eran sus respectivos salvavidas y, realmente, no necesitaban más.
Ninguno de nosotros supo nunca lo que había pasado, ni siquiera cuando hicieron una triunfal e inolvidable reaparición en nuestras vidas, como si sólo hubiera transucrrido un día de su huida y no dos años. Entraron en el local, ambos desfallecidos, ambos demacrados y, como pudimos observar inmediatamente, diferentes. El brillo de los ojos de él se había extinguido y, si tengo que describir la expresión de Xana con una sola palabra, diría que era cruel. Una sonrisa maligna se asomaba a su rostro, una mueca retorcida, traidora...
Nadie cubrió su cuerpo cuando ella le disparó. Simplemente, no podíamos dar crédito a lo que veíamos. Cayó, lenta pero inexorablemente, sobre un suelo que llevaba meses sin fregarse, con un tiro en la cabeza. No tenía remedio. Ella fue la primera en llorar, el resto estábamos demasiado conmocionadoes tanto por la aparición como por los hechos que habían tenido lubar allí mismo, en nuestras propias narices, en menos de un minuto.
Xana se tiró sobre él y ese fue el único momento en que pudimos reconocer un atisbo de aquella mirada que antes había cautivado a tantos. No conseguimos entender ni una sola palabra de lo que dijo, pero su voz, entrecortada por el llanto, estaba llena de dolor.
Nadie dijo nada cuando volvió a coger la pistola y se metió el cañón en la boca, mirándonos con ojos desorbitados. Una mirada que reflejaba tanto miedo como provocaba. Segundos después, cuando nos abalanzamos sobre ella para evitar lo inevitable, también se desplomó su cuerpo, al lado del de nuestro héroe. De aquel que, sin que entonces lo supiéramos, nos había salvado de nosotros mismos.
Quién sabe, puede que retome la novela de los mafiosos...

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